Publicado: ANEXO DIGITAL
Hoy quiero hacer una reflexión sobre mi función pública como trabajadora de un organismo estatal. No diré cuál, porque lo cierto es que muchos empleados públicos, sin importar el organismo en el que trabajen, se sentirán identificados con esta realidad. Es común escuchar críticas hacia los empleados públicos, pero rara vez se considera el contexto complejo y muchas veces injusto en el que desempeñamos nuestro trabajo. Se habla de «grandes sueldos», pero no se menciona que muchos de esos funcionarios trabajan horas extras, fines de semana o realizan tareas que pocos estarían dispuestos a hacer: recolectar basura, barrer calles, inspeccionar pequeños comercios (a veces de sus propios vecinos), enfrentándose a la difícil tarea de hacer cumplir normativas que impactan directamente en la economía de las familias.
Quienes llevan años trabajando con distintas poblaciones han adquirido experiencia y conocen de primera mano el impacto social de su labor. Son ellos quienes realmente transforman barrios y generaciones a través del esfuerzo diario.
Sin embargo, desde las direcciones muchas veces se toman decisiones basadas en lineamientos teóricos, alejados de la realidad, sin escuchar ni valorar la experiencia del trabajador de campo. Son estos funcionarios los que enfrentan la frustración y la impotencia de ver necesidades urgentes mientras intentan ofrecer respuestas improvisadas, sabiendo que podrían brindar soluciones más adecuadas si fueran escuchados por sus superiores.
Si un funcionario quiere capacitarse, generalmente debe hacerlo con su propio dinero y a costa de su tiempo libre. Su carrera funcional avanza con lentitud, dependiendo de la apertura de concursos que tardan años en llegar, si es que alguna vez lo hacen antes de su jubilación.
Mientras tanto, los «asesores» políticos llegan de un día para otro con salarios altos, ocupando cargos de jerarquía sin haber recorrido el camino que sí transita el trabajador de base. En muchos casos, incluso, la misma institución les financia capacitaciones -a veces en el exterior para justificar su contratación, mientras que al funcionario de carrera se le niegan esas oportunidades.
Así, de la nada, aparecen directores, gerentes o referentes teóricos que ganan más, dan órdenes desde el escritorio y desconocen la realidad del trabajo territorial.
Y cuando un funcionario propone una mejora o presenta un proyecto de crecimiento, su iniciativa queda archivada porque al sistema no le conviene que progrese: necesita que siga siendo un simple peón en el tablero.
¿Por qué las nuevas direcciones no trabajan de la mano con quienes tienen el conocimiento real del territorio? ¿Por qué hay que ser militante de la lista política en el poder para ser escuchado, respetado y ascendido, sin importar la calidad del trabajo ni las propuestas? ¿Por qué el mérito pesa menos que los votos?
La falta de reconocimiento y las trabas al crecimiento profesional desmotivan a los funcionarios públicos, dejando la institucionalidad en un estado de estancamiento. Sin embargo, hay quienes seguimos trabajando con compromiso, con valores, con la convicción de que nuestro servicio es para la gente, aunque el reconocimiento llegue solo de los compañeros y de quienes se benefician con nuestro esfuerzo.
Por eso, a quienes cada día dan lo mejor de sí en su labor, sin importar los colores políticos ni los favores que se deban pagar, solo me queda decirles: gracias. Porque a pesar de todo, seguimos adelante.
Lic. en Psicología.
Monica Gonzalvez.